Cada vez que escucho “València, Califòrnia” (y ya son unas cuantas) y acaba una canción, tengo la extraña sensación de que va a sonar “The Ballad of Bitter Honey” de Eef Barzelay o “Little Ann” de The Felice Brothers. Al instante, cuando empieza el siguiente tema, me olvido de mi fantasía y sigo degustando el disco como si nada hubiera nublado mi cabeza. No creo que sea un capricho de mis neuronas (añadan a la lista “New partner” de Palace Music, por ejemplo), sino el resultado de un trabajo parido con un pie en todos esos yanquis que aman; y el otro en el sol y el aire (a veces traicionero) de una ciudad como Valencia. Durante años, a esto se le ha llamado saber asimilar las influencias. Yo prefiero decantarme por la palabra personalidad.
Recuerdo que mi primer encuentro con Senior i el Cor Brutal (incluso me arriesgaría a decir que firmada en solitario) fue una maqueta acústica que me noqueó al instante y me acompañó a todos los lados (convirtiéndose en una pequeña obsesión), desde a comprar el pan hasta en el autobús que me llevaba al trabajo. Había en ella una de esas pequeñas maravillas pop que Micalet Landete compone como nadie (imposible olvidar “Deconstructing Woody” de Landy, un grupo anterior suyo), pero que se empeña en racionar no sé muy bien porqué. Si la memoria no me falla se titulaba “Tú i jo” (¿prima hermana de “You and I” de Wilco?) y era muy breve y con unos silbidos que funcionaban mejor que cualquier otro arreglo.
Algunas de aquellos temas acabaron formando parte de L’experiència gratificant (Malatesta, 2009), pero rabiosamente electrificadas, como si las quisiera hacer saltar en mil pedazos, como si se hubieran ido de gira con el Neil Young más enfadado. Un sonido áspero provocaba que las canciones desfilaran sucias y afiladas, aunque contuvieran estribillos y estrofas tarareables como los de “Quan no saps lo que tens” o “València eres una puta”. Daba la sensación que era una catarsis, un desnudo en el que al oyente le podían sobrar algunas piezas, pero que para ellos era una necesidad incluir para seguir adelante. Porque no sé si fueron conscientes, pero aquel trabajo adelantó lo que ha marcado por siempre la carrera del grupo: hacer lo que les dé la gana. El cd acústico, que acompañaba la versión en vinilo de ese debut, sería otro buen ejemplo de ello.
La rabia se convirtió en una fiesta tabernaria en Gran (Malatesta, 2011), un disco que reivindicaba las raíces mediterráneas del grupo, su tierra, sus costumbres. Un disco que apelaba al orgullo; que se comía con patatas (o en un plato de esgarraet por aquello de la cercanía) el postureo indie; que se sentía orgulloso de los suyos; que no miraba por encima del hombro a nadie; que reivindicaba el hablar de pueblo o de los que no pudieron ir a la escuela (o simplemente, los modismos de cada lugar); que apostaba por compartir lo bueno y lo malo; que convertía a amigos y familiares en el mejor escudo antimisiles ante la inmensa mierda que se barruntaba nos iba a llegar. Pero fue hace unos meses cuando descubrí el disco así. Curioso que un álbum tan fácil de digerir me costara tanto. Creo que mis neuronas apelaban al Landete de sus otras aventuras (Glue, Elefantiasis, Surfer Joe, Landy e, incluso, el disco anterior de Senior), me chirriaba ese cambio de registro, puso en alerta la alarma anti-impostura y lejos de relajarme y disfrutar (las máximas que siempre he pensado deben acercar a alguien a la cultura), intentaba buscar el motivo por el que el disco no seguía la estela de “Quasi m’oblide de tú”. Canción que yo ligaba a esa Nueva Orleans que me conectaba con el pasado y, que ahora, mientras la oigo al escribir esto, sitúo más cerca de una banda de música de cualquier pueblo. Recuerdo que se le conté al propio Senior y me dijo que me diera tiempo, que en un año haría mío el disco. Nunca sospeché que además de un estupendo escritor de canciones ocultaba un Octavio Aceves en potencia.
La semana pasada veía la luz València, Califòrnia (Malatesta, 2013) y, de nuevo, Senior i el Cor Brutal optaban por hacer lo que les daba la gana. Lo fácil (debido a la acogida del anterior album) hubiera seguido tirar por ese camino festivo y de exorcismo comunitario que para muchos supuso “Gran”. Pero no. Los tiempos que corren son los que mandan. Han sacado el freno de mano; el Cor Brutal se ha quedado en un segundo plano pero bien presente; y Landete sigue desgarrándose al cantar, pero ya no para pedir que le hagan un hombre nuevo, sino para contarnos la historia del hombre que fue ayer. Es un disco seco, duro, desnudo, difícil de oír en algunos momentos (pero no más que la realidad que nos rodea), pero lleno, en el fondo, de cierto optimismo. O, al menos, de un deseo de ser diferente a Ellos. Un disco que denuncia (sin panfletos) lo que está pasando, pero que se refugia en la seguridad de que juntos saldremos de esto. Un disco que podrían haber firmado Bon Iver y Vicente Andrés Estellés de haber coincidido en un bar de Patraix o Ruzafa, en una barraca en la huerta o compartiendo un barrejat en el casino de cualquier pueblo. Un disco que vuelve a reivindicar a las personas y su alegría por vivir frente a los intereses interesados de quienes nos malgobiernan. Un disco que opta por menos instrumentación para darnos más, como esa armónica de Juanlu Tormo que suena a redención. Un disco con algunas de las mejores canciones que han grabado jamás (“Flor de maig”, “Ella plou”,…). Un disco que seguro sirve de puerta para que vuelva a entrar aire fresco en la siguiente entrega. Un disco que, parafraseándoles a ellos mismos, nos invita a cabalgar a todos juntos.

Grandes donde los haya!
Son estupendas canciones de verdad, de las que tocan el alma
Gran disco y con una reseña a la altura. Bravo!!
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